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lunes, febrero 23, 2026

𝐕𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐨𝐛𝐬𝐭𝐞́𝐭𝐫𝐢𝐜𝐚 𝐞𝐧 𝐂𝐨𝐬𝐭𝐚 𝐑𝐢𝐜𝐚: 𝐄𝐥 𝐜𝐚𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐌𝐚𝐫𝐢́𝐚 𝐀𝐮𝐱𝐢𝐥𝐢𝐚𝐝𝐨𝐫𝐚, 𝐮𝐧𝐚 𝐡𝐞𝐫𝐢𝐝𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐦𝐚𝐧𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐚𝐛𝐢𝐞𝐫𝐭𝐚

La forma en que un sistema de salud responde —o deja de responder— ante una mujer gestante puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, y entre un acompañamiento digno o un daño irreparable. El caso de María Auxiliadora, ocurrido el 28 de febrero del 2011, saca a la luz hechos de violencia obstétrica vinculados a graves fallas en la atención brindada por el sistema de salud.





María Auxiliadora ingresó a un hospital público costarricense con un embarazo a término. Según su testimonio y la documentación médica que acompaña el proceso judicial en curso, llegó con una orden clara para la realización de un ultrasonido y monitoreo fetal. Sin embargo, dicha valoración no se efectuó de manera inmediata.

De acuerdo con lo relatado por la afectada, transcurrieron aproximadamente siete horas antes de que se le practicara el ultrasonido. Para ese momento, su hija ya había fallecido en el vientre.

“¿𝗤𝘂𝗲́ 𝗽𝗮𝘀𝗼́, 𝗱𝗼𝗻̃𝗮 𝗠𝗮𝗿𝗶́𝗮?”: 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗿𝗮𝘀𝗲
Durante esas siete horas, María Auxiliadora permaneció en el hospital sin recibir la atención oportuna que su condición requería. Cuando finalmente se le realizó el ultrasonido, la respuesta no fue ni empática, ni respetuosa: fue cruel.

“¿Qué pasó, doña María?”, le dijeron. “La bebé falleció”.

Así, sin preparación, sin acompañamiento emocional, sin humanidad, María Auxiliadora recibió la noticia más devastadora que una madre puede escuchar. Su hija había muerto dentro de su vientre, mientras ella esperaba una atención que nunca llegó.

𝗣𝗮𝗿𝗶𝗿 𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗵𝗶𝗷𝗮 𝗳𝗮𝗹𝗹𝗲𝗰𝗶𝗱𝗮: 𝗲𝗹 𝗰𝘂𝗲𝗿𝗽𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮
Después de esa noticia, Auxiliadora fue obligada a parir a su hija fallecida. No solo enfrentó una pérdida devastadora, sino que lo hizo en condiciones que vulneraron su dignidad y sus derechos humanos fundamentales.

Las consecuencias físicas fueron muy graves: su suelo pélvico quedó severamente dañado, al punto de requerir una cirugía reconstructiva de vagina, vejiga y recto; una intervención indispensable para recuperar su autonomía y una calidad de vida que le había sido arrebatada.

Las consecuencias emocionales fueron aún más profundas: un trauma severo que afectó su salud mental, su autoestima y su proyecto de vida.

𝗘𝗹 𝗺𝗶𝗲𝗱𝗼 𝗵𝗲𝗿𝗲𝗱𝗮𝗱𝗼: 𝗰𝗼́𝗺𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗵𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗮 𝗼𝘁𝗿𝗮𝘀 𝗺𝘂𝗷𝗲𝗿𝗲𝘀
La violencia obstétrica no termina cuando se sale del hospital. María Auxiliadora perdió a su hija, pero también perdió su matrimonio. El trauma físico y psicológico, la falta de contención y el largo proceso judicial destruyeron su relación de pareja.

El impacto de esta historia fue más allá, pues mujeres cercanas a la afectada, al conocer la magnitud de lo ocurrido, decidieron no tener hijos. El cuerpo de las mujeres terminó asociándose al dolor, al riesgo, a la muerte y al peligro: lo cual evidencia una violencia que no siempre se nombra, pero que se hereda en el silencio.

𝗨𝗻𝗮 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗹𝗹𝗲𝗴𝗮
Desde hace 15 años, María Auxiliadora continúa en un proceso judicial que la obliga a revivir una y otra vez la experiencia más traumática de su vida. La lentitud del sistema y la falta de respuestas oportunas se convierten en una forma de revictimización.

Este no es un caso aislado, es el reflejo de un modelo que ha normalizado la negligencia, la deshumanización y el maltrato hacia las mujeres en el ámbito de la salud sexual y reproductiva. La violencia obstétrica se manifiesta al ignorar una orden médica, retrasar la atención, maltratar, callar y forzar a una mujer a vivir su duelo sin dignidad entre otras muchas manifestaciones.

𝗔𝗹𝘇𝗮𝗿 𝗹𝗮 𝘃𝗼𝘇 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘃𝘂𝗲𝗹𝘃𝗮 𝗮 𝘀𝘂𝗰𝗲𝗱𝗲𝗿
Pese a todo, Auxiliadora decidió no callar y alzar la voz para proteger a otras mujeres y advertir que la violencia obstétrica existe, mata y deja secuelas profundas.

Su historia nos recuerda de manera cruda que ninguna mujer debería ingresar a un centro de salud buscando cuidado y salir marcada por una pérdida que pudo evitarse. Parir no puede seguir siendo una experiencia marcada por el dolor, el silencio y la vulneración a los derechos humanos básicos.
Nombrar, escuchar y transformar es hoy responsabilidad colectiva y una deuda pendiente del Estado de Costa Rica.

𝗠𝘀𝗖 𝗟𝗼𝗿𝗲𝗻𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗚𝗮𝗿𝘇𝗮
𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗲𝗻 𝗗𝗲𝗿𝗲𝗰𝗵𝗼𝘀 𝗛𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼𝘀
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