Este mes se celebra un año más del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con China, el 1 de junio de 2007 durante la segunda administración Arias Sánchez; sí, la misma que logró la aprobación de nuestro tratado comercial con EEUU. Una decisión tan polémica como audaz, que ilustra una forma de entender la importancia de la política exterior y la comunidad internacional para el desarrollo de un país que, como Costa Rica, no se dejó condicionar por su tamaño.
Así que aprovecho esta celebración para comentar
algunos aspectos de lo recién dicho. La historia común de ambas naciones
es más larga que aquella que comenzó en junio de 2007, sin perjuicio de que, a
partir de esta fecha, adquirió toda una nueva dimensión. El primer contacto se
dio en 1911 con la llegada al país del diplomático Tam Pui-Shum, que
fue recibido por el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno, autoridades del gobierno y
representantes de la comunidad china en Costa Rica. Tam era autor de un
diccionario bilingüe y de una traducción de El Quijote.
De 1911 a
junio de 2007, cuando se restablecieron las relaciones formales, hay una
historia humana compleja, marcada e impulsada por inmigrantes de aquel país,
que adoptaron Costa Rica como su nueva patria. El número de costarricenses de
este origen y su contribución en todos los campos, justifica de sobra la
redacción del Artículo 1 de nuestra Constitución Política, que nos declara una
república democrática, libre, independiente, multiétnica y
pluricultural.
Las últimas
dos características hablan de la composición de nuestra sociedad; las primeras
tres, junto con otras normas constitucionales, fundamentan la actitud soberana
con la que debemos conducir nuestras relaciones exteriores, lo cual tiene un
sentido particular que mencionaré al final de este comentario.
Pioneros en la relación diplomática con China
Aquel primero de junio de 2007 se firmó el
Comunicado Conjunto sobre el Establecimiento de Relaciones Diplomáticas entre China
y Costa Rica, con el que nuestro país se convirtió en el primer estado
centroamericano en dar ese paso.
En los 19 años de esta nueva relación, Costa Rica
consolidó su adhesión al principio de una sola China, corrigiendo de esta forma
una situación cuyo origen histórico no la hacía menos anómala, al mismo tiempo
que continuamos desarrollando la oportunidad comercial y cultural que trajo
aquella decisión.
El restablecimiento de las relaciones con Beijing fue, sin duda, una decisión polémica pero acertada, que corresponde a un rasgo de la política exterior costarricense, que poco se reconoce o entiende dentro de nuestras propias fronteras. Me refiero a la audacia de un país que no se ha dejado condicionar por su tamaño físico, económico y demográfico.
Salvo excepciones que confirman la regla, “Go with
the flow” nunca ha sido la norma de nuestras relaciones con la comunidad
internacional. Desde la voluntad firme pero serena de proclamarnos república en
1848, como parte de una cosmovisión que previó lo que sucedería en 1856, hasta
la trayectoria del país en materia de tratados comerciales con países y
economías que superan exponencialmente nuestras proporciones, pasando por
momentos históricos como la Campaña Nacional de 1856 o el proceso de paz de la
incendiada Centroamérica de los años ochenta del siglo pasado, el país ha
mantenido aquella característica. Una, a la que corresponde la relación cuyo
aniversario celebramos este mes de junio.
Costa Rica reconoció con anticipación el papel que
China jugaría en el futuro y decidió vincularse a este país. Entendió aquello
de que, para un Estado con nuestras dimensiones, es fundamental la política
exterior, entendida siempre en un sentido amplio, dentro del cual la relación
con todas las potencias debe fundamentarse en un sentido claro de la realidad,
basado a su vez en el reconocimiento sin complejos de nuestros intereses y
desafíos.
Relaciones estratégicas
No importa cuánto cambien las relaciones
internacionales y qué actores surjan, desaparezcan o -en cualquier caso-, vean
modificada su situación en el mundo, hay algo que no va a cambiar. Me refiero a
que ya no hay ni habrá un solo problema público de importancia para nuestro
desarrollo que podamos entender y abordar en términos estrictamente nacionales o
de manera unilateral. De tal forma que cultivar relaciones estratégicas con
nuestros vecinos inmediatos, con los países de la región a la que pertenecemos,
con los de nuestro continente y del planeta en general, debe ser nuestro
objetivo. No se trata simplemente de un ejercicio de relaciones públicas entre
estados, sino de entender a la comunidad internacional como el espacio natural
donde buscar y encontrar los recursos y apoyos que nuestro desarrollo y nuestra
seguridad demandan.
Lo dicho implica tener claro que Costa Rica debe entenderse a sí misma como un agente activo en el fortalecimiento del derecho y la comunidad internacionales. Debemos llevar el pulso de las tendencias políticas, económicas, comerciales y de seguridad en el mundo, relacionándolas de manera permanente con nuestros desafíos, intereses y aspiraciones, sin ignorar ningún estado, manteniendo siempre una relación activa con todas las potencias, regionales y mundiales. Debemos ser socios de todos y enemigos de nadie, lo cual requiere invertir de manera permanente e inteligente en nuestro servicio exterior.
Regresando a la decisión objeto del presente
comentario, esta constituye un buen ejemplo de lo dicho en el párrafo anterior.
Una que con el transcurso del tiempo y paso a paso, se ha traducido en
beneficios tangibles que trascienden contribuciones tan valiosas como el
Estadio Nacional, la Escuela Nacional de Policía, la Planta Potabilizadora
Cañas-Bebedero, o el equipamiento de la Fuerza Pública en los primeros años.
Con la entrada en vigencia del Tratado de Libre
Comercio en 2011, cien años después de la visita de Tam Pui-Shum, el
intercambio comercial ha experimentado un fuerte crecimiento, consolidando a
China como el segundo socio de Costa Rica. Nuestras exportaciones a ese país,
por ejemplo, se han diversificado y crecido en más de un 700%.
El intercambio cultural viene reforzándose y la
amistad entre los dos pueblos se consolida día a día. En 2009 se inauguró en la
UCR el primer Instituto Confucio en América Central. En 2016 se lanzó el
programa de cooperación entre los dos ministerios de educación “Hablemos en
Mandarín”, que hasta hoy día se está implementando en 10 liceos en beneficio de
más de 3.000 estudiantes costarricenses. En 2019 y por decisión de la Asamblea
Legislativa, Costa Rica se convirtió en el primer país de la región en establecer
la celebración del Día de la Cultura China; algo que, como decía al principio,
coincide plenamente con el espíritu de nuestra Constitución Política.
Desconozco el número de estudiantes costarricenses
en China, pero es creciente. Hoy contamos además con empresarios, académicos,
diplomáticos y representantes de otras disciplinas, con un conocimiento y una
experiencia que debemos reunir en beneficio de un esfuerzo estratégico para
mejorar nuestra capacidad de aprovechar la relación con China.
No desaprovechemos más el potencial de Costa Rica
Ahora bien, sobre la relación entre
ambos estados y desde la perspectiva costarricense, hay dos cosas que deben
decirse con claridad, y que merecen por separado buenos análisis. Una es que
los costarricenses no hemos sabido aprovechar todo el potencial de esta
relación; y las razones que lo explican son principalmente internas y las
mismas que limitan otros aspectos de nuestro desarrollo. Se trata tanto de
causas estructurales como culturales, que afectan la identificación de
oportunidades de cooperación en general, comercio, turismo e inversión.
La segunda es que, naturalmente, los
costarricenses siempre consideraremos la relación con China junto a la nuestra
con EEUU, y justo aquí es donde surgen una serie de dudas justificadas y
predecibles. Justificadas porque los costarricenses hemos tenido históricamente
una relación estrecha y beneficiosa con los estadounidenses. Una que debemos
seguir cultivando en todos los aspectos, y no solo en el económico, de la forma
como lo hemos hecho hasta ahora. Es decir, haciendo valer desde el respeto
mutuo, nuestra soberanía y la defensa de nuestros intereses, como la República
que describe la primera norma de la Constitución. Decirlo no es una fantasía,
pues la historia costarricense ofrece ejemplos de cómo el país ha tenido éxito
manteniendo ese principio en su relación con EEUU, la cual no ha estado libre
de tensiones, riesgos e incluso amenazas. Parece innecesario decirlo, pero hay
que hacerlo. Para Costa Rica, el balance exitoso de la relación con aquel país,
no se deriva de la fuerza, sino de un conocimiento amplio de la vida, la
cultura, la economía y la política de la sociedad estadounidense, y de haber
sabido relacionarnos con sus factores de poder y su sociedad civil. Exactamente
igual a como debemos hacer con China.
Dicho todo esto, y con base en la
experiencia de nuestra política exterior, es que resulta verosímil afirmar que
los costarricenses podemos y debemos profundizar nuestra relación con China,
sin poner en riesgo la que tenemos históricamente con EEUU. Para esto debemos
entender dos cosas, y no me refiero a que ambos países son adversarios, que es
una obviedad. Primero, nuestro tamaño es una ventaja y no lo opuesto; y
segundo, dicho en términos coloquiales, debemos evitar “sudar calenturas
ajenas”. Para ser capaces de mantener relaciones beneficiosas con ambos países,
debemos tener bien identificados nuestras prioridades, sin involucrarnos en sus
conflictos geoestratégicos mientras no afecten nuestra seguridad y
oportunidades, siendo en todo momento respetuosos de la política interior de
cada uno de estos países. Como decía, debemos ser socios de todos y enemigos de
nadie.
Por Fernando Ferraro Castro
Asesor parlamentario y ex Ministro de Justicia
