Noticias RED CR | Últimas noticias de Costa Rica y el mundo | Actualidad con criterio
Última hora Edita este texto desde Tema > Editar HTML para destacar una noticia o aviso importante.
Últimas noticias
Cargando Últimas publicaciones

Preparando las noticias más recientes

El slider mostrará automáticamente tus entradas más nuevas cuando el blog esté publicado en Blogger.

Portada

Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

miércoles, mayo 20, 2026

Semana Mundial del Parto Respetado: Una denuncia urgente sobre los derechos que Costa Rica sigue sin garantizar

En Costa Rica el parto sigue siendo para muchas mujeres un escenario de vulneración, donde la violencia, la humillación y la negligencia se entrelazan con la falta de escucha, incluso cuando existen leyes y protocolos que deberían asegurar dignidad, seguridad y respeto.






Desde mi labor en derechos humanos acompaño a numerosas mujeres víctimas de violencia obstétrica, y la recurrencia de sus testimonios demuestra que no estamos ante hechos aislados, sino ante un patrón que se repite con dolorosa regularidad.


El Observatorio de Violencia Obstétrica Costa Rica recibe reportes constantes que evidencian que esta problemática no es excepcional, sino estructural y persistente; a ello se suma el Movimiento de Parálisis de Erb Costa Rica, integrado por madres que fueron violentadas durante sus partos y cuyos bebés sufrieron discapacidades permanentes por la falta de atención oportuna y por maniobras como la “Kristeller”, prácticas que no solo lesionaron a las mujeres, sino que dejaron daños irreparables en sus hijos e hijas, daños que pudieron evitarse.

 

En los últimos meses he acompañado también a dos mujeres que enfrentan el duelo de sus bebés, fallecidos por omisiones que jamás debieron ocurrir, recordándonos que la violencia obstétrica no es un concepto abstracto, sino una realidad que marca vidas para siempre.

 

La Semana Mundial del Parto Respetado no es un gesto conmemorativo ni una fecha más en el calendario; es un recordatorio incómodo de que, en pleno siglo XXI, seguimos permitiendo prácticas que la Organización Mundial de la Salud clasifica como violencia de género, prácticas que incluyen intervenciones sin consentimiento, negación de acompañamiento, tratos degradantes, humillación verbal, procedimientos dolorosos sin explicación, separación injustificada del bebé, amenazas, negligencia y omisiones que ponen vidas en riesgo.

 

Y mientras esta violencia ocurre, existe una ley —la Ley de Parto Respetado de 2021— que reconoce el derecho de toda mujer a un parto digno, informado y acompañado. Sin embargo, una ley sin cumplimiento es apenas un papel, y en Costa Rica ese papel se está rompiendo sobre los cuerpos de miles de mujeres.

 

Cuando el sistema falla: la historia de Lu

Para comprender la gravedad de lo que ocurre basta escuchar la historia de una mujer a quien llamaré Lu, una joven de 18 años que vivió su parto en un hospital público. Su embarazo había sido normal y su control prenatal adecuado, pero las primeras manifestaciones de violencia comenzaron apenas fue internada.

 

Ingresó a las siete de la mañana, le realizaron un ultrasonido y le dijeron que todo estaba bien, que le colocarían un gel para inducir el parto; sin embargo, las horas pasaban sin explicación y, cuando preguntó, un enfermero se limitó a responder que “más tarde verían”.

 

Las contracciones iniciaron de noche, primero sin dolor y luego intensas, una enfermera le ofreció un suero “para acelerar”, sin explicarle qué era. A las cinco de la mañana, con apenas tres centímetros de dilatación, otra enfermera le pidió permiso para “ver si llegaba a cuatro”, pero lo que hizo fue una separación de membranas sin informarle ni pedir su consentimiento.

 

En sala de partos, la situación se volvió abiertamente violenta. Cuando una contracción fuerte hizo que se le cayera el suero, una enfermera le dijo que no estaba colaborando y que sacarían al papá para dejarla sola; no la dejaron moverse, ni elegir posición, ni la escucharon cuando advirtió que estaba sangrando demasiado. Le administraron oxitocina sin explicaciones y, al ver que no dilataba con la rapidez que esperaban y que el ritmo cardiaco del bebé bajaba, decidieron realizar una cesárea de emergencia.

 

Antes de entrar al quirófano, una enfermera le jaló el pelo para ponerle un gorro, luego le colocaron una sonda sin explicarle nada y la dejaron expuesta en un pasillo, con las piernas abiertas y su cuerpo completamente visible, mientras trabajadores del ICE y estudiantes observaban sin su consentimiento, señalándola y comentando: “vean, va para cesárea, vean bien”.

 

Su bebé nació bien, pero no se lo dieron para contacto piel a piel y nadie le explicó por qué. En recuperación, un enfermero le dijo que la pasarían al salón “cuando él quisiera”, no cuando ella preguntara; lloró sin saber dónde estaba su hija.

 

Cuando finalmente la llevaron, tuvo que cambiarse sola de camilla, adolorida y mareada, porque “necesitaban la camilla”. Descubrió que a su bebé le habían dado fórmula sin consultarle; cuando pidió ayuda para alimentarla, una enfermera pellizcó a la recién nacida para “despertarla”, y al pedirle que no lo hiciera, la enfermera se molestó y se fue.

 

Esa noche, otra funcionaria le advirtió que si no podía levantarse a bañarse sola, se llevarían a su bebé; mareada y débil, se obligó a ponerse de pie. Pasó de lunes a jueves en el hospital y, aunque salió con su hija en brazos, salió también con una herida más profunda: la de haber sido tratada como un objeto, no como una persona.

 

La violencia obstétrica no es un concepto: es una realidad documentada

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la violencia obstétrica como maltrato, abuso o falta de respeto antes, durante o después del parto; la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que esta violencia debilita la confianza en los sistemas de salud y deja secuelas físicas y emocionales irreparables. El Observatorio de Violencia Obstétrica Costa Rica confirma que estas prácticas siguen ocurriendo en hospitales públicos y privados, y el Movimiento de Parálisis de Erb Costa Rica demuestra que la negligencia no solo hiere, sino que también discapacita y mata. Estas realidades no pueden seguir siendo minimizadas, justificadas ni normalizadas bajo la narrativa de “así se ha hecho siempre”.

 

Una ley que existe, pero que no se cumple

La Ley de Parto Respetado reconoce derechos fundamentales como el trato digno, la información clara, el consentimiento informado, el acompañamiento continuo, la libertad de movimiento, el respeto por la fisiología y el contacto piel a piel. Sin embargo, en la práctica estos derechos se violan todos los días.

 

Una ley sin formación, sin auditorías, sin sanciones y sin voluntad institucional es una ley que no protege; la violencia obstétrica no se erradica con afiches ni con discursos, sino con responsabilidad, vigilancia, formación en derechos humanos y un compromiso real con la vida y la dignidad.

 

El cuerpo de la mujer no es territorio de abuso

La violencia obstétrica no es una experiencia aislada, es un problema de derechos humanos; es una realidad que nos obliga a confrontar quiénes somos y quiénes aspiramos a ser como país.

 

Como especialista en derechos humanos he acompañado a muchas mujeres que llegan rotas, confundidas, culpabilizadas, silenciadas; mujeres que no solo parieron, sino que sobrevivieron, y ninguna mujer debería sobrevivir su parto. Si queremos un país donde nacer no implique violencia y parir no implique riesgo, debemos actuar como sociedad. La dignidad no es opcional, la autonomía no es negociable y el respeto no puede seguir dependiendo de la suerte o del turno. Cuando una mujer ejerce sus derechos, cambia su parto; cuando un Estado los protege, cambia la historia de su pueblo.

 

MsC. Lorena De La Garza

Especialista en Derechos Humanos







lunes, febrero 23, 2026

𝐕𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐨𝐛𝐬𝐭𝐞́𝐭𝐫𝐢𝐜𝐚 𝐞𝐧 𝐂𝐨𝐬𝐭𝐚 𝐑𝐢𝐜𝐚: 𝐄𝐥 𝐜𝐚𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐌𝐚𝐫𝐢́𝐚 𝐀𝐮𝐱𝐢𝐥𝐢𝐚𝐝𝐨𝐫𝐚, 𝐮𝐧𝐚 𝐡𝐞𝐫𝐢𝐝𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐦𝐚𝐧𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐚𝐛𝐢𝐞𝐫𝐭𝐚

La forma en que un sistema de salud responde —o deja de responder— ante una mujer gestante puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, y entre un acompañamiento digno o un daño irreparable. El caso de María Auxiliadora, ocurrido el 28 de febrero del 2011, saca a la luz hechos de violencia obstétrica vinculados a graves fallas en la atención brindada por el sistema de salud.





María Auxiliadora ingresó a un hospital público costarricense con un embarazo a término. Según su testimonio y la documentación médica que acompaña el proceso judicial en curso, llegó con una orden clara para la realización de un ultrasonido y monitoreo fetal. Sin embargo, dicha valoración no se efectuó de manera inmediata.

De acuerdo con lo relatado por la afectada, transcurrieron aproximadamente siete horas antes de que se le practicara el ultrasonido. Para ese momento, su hija ya había fallecido en el vientre.

“¿𝗤𝘂𝗲́ 𝗽𝗮𝘀𝗼́, 𝗱𝗼𝗻̃𝗮 𝗠𝗮𝗿𝗶́𝗮?”: 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗿𝗮𝘀𝗲
Durante esas siete horas, María Auxiliadora permaneció en el hospital sin recibir la atención oportuna que su condición requería. Cuando finalmente se le realizó el ultrasonido, la respuesta no fue ni empática, ni respetuosa: fue cruel.

“¿Qué pasó, doña María?”, le dijeron. “La bebé falleció”.

Así, sin preparación, sin acompañamiento emocional, sin humanidad, María Auxiliadora recibió la noticia más devastadora que una madre puede escuchar. Su hija había muerto dentro de su vientre, mientras ella esperaba una atención que nunca llegó.

𝗣𝗮𝗿𝗶𝗿 𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗵𝗶𝗷𝗮 𝗳𝗮𝗹𝗹𝗲𝗰𝗶𝗱𝗮: 𝗲𝗹 𝗰𝘂𝗲𝗿𝗽𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮
Después de esa noticia, Auxiliadora fue obligada a parir a su hija fallecida. No solo enfrentó una pérdida devastadora, sino que lo hizo en condiciones que vulneraron su dignidad y sus derechos humanos fundamentales.

Las consecuencias físicas fueron muy graves: su suelo pélvico quedó severamente dañado, al punto de requerir una cirugía reconstructiva de vagina, vejiga y recto; una intervención indispensable para recuperar su autonomía y una calidad de vida que le había sido arrebatada.

Las consecuencias emocionales fueron aún más profundas: un trauma severo que afectó su salud mental, su autoestima y su proyecto de vida.

𝗘𝗹 𝗺𝗶𝗲𝗱𝗼 𝗵𝗲𝗿𝗲𝗱𝗮𝗱𝗼: 𝗰𝗼́𝗺𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗵𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗮 𝗼𝘁𝗿𝗮𝘀 𝗺𝘂𝗷𝗲𝗿𝗲𝘀
La violencia obstétrica no termina cuando se sale del hospital. María Auxiliadora perdió a su hija, pero también perdió su matrimonio. El trauma físico y psicológico, la falta de contención y el largo proceso judicial destruyeron su relación de pareja.

El impacto de esta historia fue más allá, pues mujeres cercanas a la afectada, al conocer la magnitud de lo ocurrido, decidieron no tener hijos. El cuerpo de las mujeres terminó asociándose al dolor, al riesgo, a la muerte y al peligro: lo cual evidencia una violencia que no siempre se nombra, pero que se hereda en el silencio.

𝗨𝗻𝗮 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗹𝗹𝗲𝗴𝗮
Desde hace 15 años, María Auxiliadora continúa en un proceso judicial que la obliga a revivir una y otra vez la experiencia más traumática de su vida. La lentitud del sistema y la falta de respuestas oportunas se convierten en una forma de revictimización.

Este no es un caso aislado, es el reflejo de un modelo que ha normalizado la negligencia, la deshumanización y el maltrato hacia las mujeres en el ámbito de la salud sexual y reproductiva. La violencia obstétrica se manifiesta al ignorar una orden médica, retrasar la atención, maltratar, callar y forzar a una mujer a vivir su duelo sin dignidad entre otras muchas manifestaciones.

𝗔𝗹𝘇𝗮𝗿 𝗹𝗮 𝘃𝗼𝘇 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘃𝘂𝗲𝗹𝘃𝗮 𝗮 𝘀𝘂𝗰𝗲𝗱𝗲𝗿
Pese a todo, Auxiliadora decidió no callar y alzar la voz para proteger a otras mujeres y advertir que la violencia obstétrica existe, mata y deja secuelas profundas.

Su historia nos recuerda de manera cruda que ninguna mujer debería ingresar a un centro de salud buscando cuidado y salir marcada por una pérdida que pudo evitarse. Parir no puede seguir siendo una experiencia marcada por el dolor, el silencio y la vulneración a los derechos humanos básicos.
Nombrar, escuchar y transformar es hoy responsabilidad colectiva y una deuda pendiente del Estado de Costa Rica.

𝗠𝘀𝗖 𝗟𝗼𝗿𝗲𝗻𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗚𝗮𝗿𝘇𝗮
𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗲𝗻 𝗗𝗲𝗿𝗲𝗰𝗵𝗼𝘀 𝗛𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼𝘀